La noche había caído sobre la ciudad cuando él llegó a casa de su padre.

Durante todo el camino había intentado encontrar una explicación razonable a aquella nota. Se había repetido que alguien quería confundirlo, que quizá Daniel estaba jugando con él una vez más o que Laura, arrepentida de sus errores, había decidido remover el pasado sin pensar en las consecuencias.

Pero había una frase que no conseguía apartar de su cabeza.

«Pregúntale qué ocurrió la noche en que murió tu madre».

Su madre.

La mujer que le había enseñado a leer, que le preparaba chocolate caliente los días de invierno y que siempre le decía que, por muchas decepciones que le diera la vida, nunca debía permitir que el rencor le robara la felicidad.

Había muerto cuando él tenía diecisiete años.

Un accidente de carretera, le dijeron.

Una curva peligrosa, una noche de lluvia y un camión que apareció demasiado tarde.

Eso era todo lo que sabía.

O, al menos, eso había creído durante todos aquellos años.

Llamó al timbre.

Su padre abrió la puerta después de unos segundos. Llevaba una bata gris y unas gafas que se quitó al reconocerlo.

—¿Qué haces aquí a estas horas?

Él no respondió inmediatamente.

—Necesito preguntarte algo.

Su padre se apartó para dejarlo entrar.

La casa olía a madera antigua y a café recién hecho. En el salón seguía colgado el retrato de su madre, con aquella sonrisa que parecía iluminar toda la estancia.

Él lo miró durante unos segundos.

Después sacó el papel del bolsillo.

—¿Qué ocurrió la noche en que murió mamá?

Su padre se quedó inmóvil.

Fue apenas un instante, pero suficiente para que él comprendiera que aquella pregunta no era nueva para aquel hombre.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Eso no importa. Quiero saber la verdad.

Su padre caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina.

—Han pasado muchos años.

—Para ti, quizá. Para mí sigue siendo el día que me quedé sin ella.

El hombre cerró los ojos.

Durante un largo rato no dijo nada.

Finalmente, regresó al sofá y se sentó con las manos entrelazadas.

—Tu madre descubrió algo que yo llevaba mucho tiempo intentando ocultar.

Él sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Qué cosa?

—La empresa estaba al borde de la quiebra. Había firmado unos documentos que podían arruinarlo todo y no supe cómo decírselo. Ella encontró las cuentas y quiso que confesara lo que había hecho.

—¿Qué habías hecho?

Su padre levantó la mirada.

—Había utilizado dinero de la empresa para cubrir unas deudas personales. Pensé que podría devolverlo antes de que nadie lo descubriera.

Él retrocedió un paso.

No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Y qué tiene eso que ver con Daniel?

Su padre palideció.

Aquella reacción fue la respuesta antes de que pronunciara una sola palabra.

—Daniel trabajaba con nosotros por aquel entonces —continuó él—. Conocía los movimientos de la empresa y sabía que tu madre estaba decidida a denunciarlo todo.

—¿Estás diciéndome que Daniel tuvo algo que ver con su muerte?

—No. No estoy diciendo eso.

La respuesta fue demasiado rápida.

Él sintió una mezcla de rabia y desesperación.

—¡Entonces explícate!

Su padre se levantó, se acercó al aparador y sacó una pequeña caja de madera.

Dentro había fotografías antiguas, algunos documentos y un reloj de mujer.

Era el reloj que su madre llevaba siempre.

Lo reconoció inmediatamente.

Su padre lo sostuvo entre las manos.

—La noche del accidente, tu madre salió de casa después de discutir conmigo. Dijo que iba a encontrarse con alguien que podía ayudarla a demostrar lo que estaba ocurriendo en la empresa.

—¿Con quién?

Su padre bajó la cabeza.

—Con Daniel.

El silencio que siguió fue insoportable.

Él sintió que las paredes comenzaban a cerrarse a su alrededor.

—¿Y nunca me lo contaste?

—Tenías diecisiete años. Acababas de perder a tu madre. No podía añadir más dolor a tu vida.

—No. No podías añadir más dolor a la tuya.

Su padre no respondió.

Aquella frase pareció golpearlo más que cualquier grito.

Él dejó el papel sobre la mesa.

—¿Y el dinero que le pagaste a Daniel? ¿También era para protegerme?

Su padre levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué dinero?

Él sacó las copias de las transferencias que Laura le había entregado.

Su padre las examinó.

Su rostro perdió todo el color.

—Esto no puede ser…

—Explícamelo.

El hombre se sentó lentamente.

—Esa transferencia no la hice yo.

Él lo miró con incredulidad.

—¿Qué?

—La cuenta aparece a mi nombre, pero yo no autoricé ese movimiento. Alguien utilizó mis credenciales. En aquel momento denuncié irregularidades en la empresa, pero nunca supe quién estaba detrás.

Él recordó entonces las palabras de Laura.

Daniel no había sido el único que había mentido.

Y quizá tampoco había actuado solo.

—¿Tienes pruebas?

Su padre asintió lentamente.

—Guardé una copia de los documentos originales. Pensé que algún día tendría que utilizarlos.

Se dirigió al despacho y regresó con una carpeta amarillenta.

Dentro había facturas, extractos bancarios y una fotografía.

Él la tomó.

En ella aparecían Daniel y un hombre al que reconoció inmediatamente.

Era el antiguo abogado de la familia.

El mismo que había gestionado los asuntos legales después de la muerte de su madre.

En el reverso había una fecha.

El día anterior al accidente.

Y una frase escrita a mano:

«Mañana quedará todo resuelto».

Él sintió un escalofrío.

—¿Quién escribió esto?

Su padre observó la fotografía durante unos segundos.

—Tu madre.

Él cerró los ojos.

De repente, todo parecía formar parte de una historia mucho más grande de lo que había imaginado.

Daniel, el dinero, los documentos, la boda que nunca se celebró y una muerte que siempre había aceptado como un accidente.

Pero todavía faltaba una pieza.

—¿Por qué nunca investigaste lo que pasó?

Su padre lo miró con los ojos húmedos.

—Porque recibí una llamada dos días después del entierro. Me dijeron que, si seguía haciendo preguntas, tú también podrías correr peligro.

Él sintió que el mundo se detenía.

—¿Quién te llamó?

Su padre negó con la cabeza.

—No lo sé. La voz estaba distorsionada.

Él guardó la fotografía y los documentos en la carpeta.

—Voy a descubrir quién hizo esto.

Su padre intentó detenerlo.

—Por favor, no cometas el mismo error que yo. No te enfrentes a ellos sin saber hasta dónde llega todo esto.

Él lo miró con una determinación que su padre no veía desde que era un adolescente.

—He pasado años huyendo de mi pasado. Ya no voy a hacerlo.

Y salió de la casa.


A varios kilómetros de allí, ella cerraba la puerta de su apartamento cuando escuchó el teléfono.

Era él.

—¿Dónde estás? —preguntó ella.

—Necesito verte.

Su voz sonaba diferente.

Más grave.

Más rota.

—¿Qué ha pasado?

—Te lo contaré cuando esté contigo.

Ella no hizo más preguntas.

—Ven a la taberna. Te espero allí.

Veinte minutos después, él entró en La Taberna del Beso.

Ella estaba sentada junto a la ventana, con dos cafés sobre la mesa.

Al verlo, se levantó y lo abrazó.

Él permaneció unos segundos con los ojos cerrados, sujetándola como si aquel abrazo fuera lo único que todavía podía mantenerlo en pie.

—He descubierto algo sobre mi madre —susurró.

Ella lo apartó ligeramente para mirarlo.

—¿Qué has descubierto?

Él sacó la fotografía del bolsillo y se la entregó.

Ella observó a los dos hombres.

Después leyó la frase del reverso.

—¿Qué significa?

Él le contó todo lo que había averiguado.

Cuando terminó, ella le tomó las manos.

—Vamos a descubrir la verdad.

Él negó lentamente con la cabeza.

—No quiero arrastrarte a esto.

Ella lo miró con firmeza.

—Tú no me has arrastrado a ninguna parte. Estoy aquí porque quiero estar contigo.

Él sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Hacía años que no lloraba.

No desde el funeral de su madre.

Ella lo abrazó sin intentar detener aquellas lágrimas.

Y por primera vez en mucho tiempo, él se permitió sentirse vulnerable.

La taberna continuó llena de conversaciones y risas, pero para ellos el mundo se había reducido a aquella pequeña mesa.

Cuando finalmente se separaron, ella le acarició la cara.

—Prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Que, pase lo que pase, no volverás a desaparecer sin decirme nada.

Él apoyó la frente contra la suya.

—Te lo prometo.

Entonces ella lo besó.

Fue un beso distinto a los anteriores.

No estaba lleno de nervios ni de descubrimientos.

Era un beso de confianza.

De esos que no prometen que todo saldrá bien, sino que ninguna de las dos personas tendrá que enfrentarse sola a lo que venga.

Pero justo cuando iban a sentarse de nuevo, el teléfono de él vibró.

Había llegado un mensaje de un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Era una imagen antigua de su madre, tomada frente a la casa familiar.

En la parte inferior aparecía una fecha.

La misma noche de su muerte.

Debajo, unas palabras:

«Tu madre no murió por casualidad. Y si quieres saber quién estaba con ella aquella noche, deja de buscar a Daniel».

Él levantó lentamente la mirada.

Ella leyó el mensaje por encima de su hombro.

Ninguno de los dos habló.

Porque acababan de comprender que la verdad que buscaban podía ser mucho más dolorosa de lo que habían imaginado.

Y que alguien, en algún lugar, sabía perfectamente lo que había ocurrido aquella noche.

Alguien que llevaba años observándolos.

Alguien que acababa de cometer el error de ponerse en contacto con ellos.

Él guardó el teléfono.

—Ahora sí que voy a descubrirlo todo.

Ella le apretó la mano.

Y, mientras las luces de La Taberna del Beso iluminaban la noche, ambos comprendieron que su historia de amor acababa de entrar en un territorio desconocido.

Un lugar donde el pasado podía destruirlo todo.

O donde, por fin, la verdad podía liberarlos.

Continuará…

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