La taberna se había quedado en silencio.

Daniel permanecía de pie junto a la mesa, con aquella expresión de superioridad que tanto irritaba a su antiguo amigo. Frente a él, el sobre con el nombre de Laura parecía pesar más que una piedra.

Ella miraba a uno y a otro sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.

—¿Vas a explicarnos qué significa todo esto? —preguntó ella.

Daniel sonrió ligeramente.

—Por supuesto. Aunque quizá sea mejor que lo explique él.

El hombre que tenía a su lado apretó la mandíbula.

—No la metas en esto.

—¿Meterla? —Daniel soltó una risa seca—. Querido amigo, creo que ya está metida. A juzgar por cómo la miras, diría que bastante.

Ella retiró lentamente la mano de la de su compañero.

No lo hizo porque hubiera dejado de confiar en él, sino porque necesitaba entender qué estaba pasando.

—Quiero la verdad —dijo—. Y la quiero ahora.

Él la miró con una mezcla de tristeza y temor.

—La tendrás.

Tomó el sobre y lo abrió con cuidado. Dentro había una fotografía antigua y una carta doblada en tres partes.

La fotografía mostraba a tres personas: él, Laura y Daniel.

Los tres sonreían frente a una casa decorada para una celebración. Él llevaba una camisa blanca; Laura, un vestido sencillo, y Daniel tenía un brazo apoyado sobre los hombros de ambos.

Parecían felices.

Ella observó la imagen.

—¿Qué día es este?

—El día que anunciamos nuestra boda —respondió él.

Daniel se inclinó sobre la mesa.

—Y también el día en que tu querido enamorado descubrió que no conocía tan bien a su prometida como pensaba.

—¡Basta, Daniel! —exclamó él.

Varias personas se volvieron hacia ellos.

El camarero dejó de secar una copa y observó discretamente la escena.

Ella levantó una mano.

—No quiero gritos. Quiero saber qué pasó.

Su compañero respiró hondo y comenzó a hablar.

—Laura y yo llevábamos tres años juntos. Íbamos a casarnos en primavera. Yo estaba convencido de que nuestra vida sería maravillosa. Habíamos encontrado una casa, hablábamos de tener hijos y hacíamos planes para todo.

Se detuvo un instante.

—Hasta que una noche encontré unos mensajes en su teléfono. Mensajes entre ella y Daniel.

Ella miró al hombre de traje oscuro.

Daniel no parecía especialmente preocupado.

—¿Y qué decían? —preguntó ella.

—Que llevaban meses viéndose a escondidas.

El silencio volvió a caer sobre la mesa.

Ella sintió una punzada de indignación.

—¿Tu mejor amigo y tu prometida?

Él asintió.

—Exactamente.

Daniel se encogió de hombros.

—Las cosas suceden. No siempre podemos controlar de quién nos enamoramos.

—No confundas enamorarse con traicionar —respondió ella con firmeza—. Son cosas muy diferentes.

Por primera vez, Daniel pareció quedarse sin respuesta.

Él la miró agradecido, pero ella todavía no había terminado.

—¿Y la carta?

El hombre abrió el papel y comenzó a leer en silencio. Su rostro cambió con cada línea.

Finalmente, dejó la carta sobre la mesa.

—Esto no puede ser.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Él tardó en contestar.

—La carta está firmada por Laura. Dice que quiere verme.

Daniel cruzó los brazos.

—Me pidió que te la entregara. Está de vuelta en la ciudad.

Aquellas palabras parecieron detener el tiempo.

Laura había regresado.

La mujer que le había roto el corazón, la persona de la que había huido para empezar una nueva vida, estaba otra vez cerca.

Ella sintió que algo se le encogía por dentro.

No quería reconocerlo, pero tenía miedo.

Miedo de que el pasado volviera a ocupar un lugar que ella apenas había comenzado a conquistar.

—¿Todavía la quieres? —preguntó en voz baja.

Él la miró inmediatamente.

—No.

—No me respondas tan deprisa. Piénsalo.

Él tomó sus manos.

—He tenido tres años para pensarlo. Tres años para preguntarme qué hice mal, por qué no fui suficiente y cómo pude confiar tanto en alguien que me estaba mintiendo. Pero ya no estoy enamorado de Laura.

Hizo una pausa.

—Lo que siento cuando escucho su nombre no es amor. Es el recuerdo de lo que me hizo.

Ella bajó la mirada.

—A veces los recuerdos son más fuertes que nosotros.

—Lo sé. Por eso no quiero esconderte nada. Si Laura quiere hablar conmigo, hablaré con ella. Pero no voy a permitir que una conversación pendiente destruya lo que estamos empezando.

Ella no respondió inmediatamente.

Aquellas palabras sonaban sinceras, pero el amor no siempre elimina las dudas. A veces, precisamente porque empezamos a querer a alguien, descubrimos todo lo que tenemos que perder.

Daniel recogió su abrigo.

—Espero que tomes una buena decisión —dijo, mirando a su antiguo amigo—. Laura no es la única persona que tiene cosas que contarte.

Él se levantó de golpe.

—¿Qué significa eso?

Daniel se limitó a sonreír.

—Ya lo descubrirás.

Y salió de la taberna.

La puerta se cerró tras él.

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

Finalmente, ella se levantó.

—Necesito irme a casa.

Él también se puso de pie.

—¿Quieres que te acompañe?

Ella negó suavemente con la cabeza.

—Hoy necesito pensar.

Él quiso detenerla, pero comprendió que no tenía derecho a exigirle una respuesta inmediata.

—Está bien.

Ella se acercó y le acarició la mejilla.

—No quiero perderte.

Él cubrió su mano con la suya.

—Entonces no dejemos que los errores de otras personas decidan por nosotros.

Ella lo besó suavemente en los labios.

Después salió a la calle.

Él permaneció junto a la ventana hasta verla desaparecer entre las luces de la ciudad.

Aquella noche comprendió que enamorarse era mucho más fácil que aprender a proteger lo que uno sentía.

Y mientras guardaba la carta en el bolsillo, encontró algo escrito al final de la última página que no había visto antes.

Una frase breve.

Escrita con la letra de Laura.

«Hay algo que nunca te conté sobre la noche en que descubriste la verdad. Daniel no fue el único que te mintió».

Él volvió a leerla.

Una vez.

Dos.

Y una tercera.

Entonces comprendió que la historia de su antigua relación escondía algo mucho más oscuro de lo que había imaginado.

Y que, antes de poder construir un futuro con la mujer que amaba, tendría que enfrentarse a todos los secretos de su pasado.

Continuará…

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