CAPÍTULO 6: EL HOMBRE QUE NUNCA SE FUE

Aquella noche, mientras él la acompañaba hasta la puerta de su casa, ella no podía quitarse de la cabeza la conversación que habían mantenido en la taberna.

Había pronunciado aquellas palabras casi sin pensar.

Creo que me estoy enamorando de ti.

Y lo peor —o quizá lo mejor— era que no se arrepentía.

Él se detuvo frente al portal y le apartó suavemente un mechón de pelo de la cara.

—¿En qué estás pensando? —preguntó.

Ella sonrió.

—En que hace unas semanas mi mayor preocupación era decidir qué cenar.

—¿Y ahora?

—Ahora me preocupa que un hombre me esté robando el sueño.

Él fingió sorpresa.

—¿Un hombre? ¿Y es guapo?

—No te pases de listo.

Los dos rieron.

Él se inclinó y le dio un beso en los labios. Esta vez no hubo timidez ni dudas. Ella le rodeó el cuello con los brazos y, durante unos segundos, se olvidó de todo lo demás.

Cuando se separaron, él apoyó su frente contra la de ella.

—Buenas noches, preciosa.

Ella se quedó mirándolo.

Hacía mucho tiempo que nadie la llamaba así sin que aquellas palabras escondieran una intención interesada.

—Buenas noches. Y no tardes mucho en volver a verme.

—Mañana estaré en la taberna.

—Más te vale.

Ella entró en el portal sonriendo.

Él esperó hasta verla desaparecer y después se marchó calle abajo.

No sabía que, a pocos metros, un coche seguía estacionado en la oscuridad.

Y que el hombre que había dentro acababa de tomar una decisión.


A la mañana siguiente, ella recibió una llamada de un número que no tenía guardado.

Estuvo a punto de rechazarla, pero algo la hizo contestar.

—¿Sí?

—Tenemos que hablar.

Reconoció aquella voz inmediatamente.

Se le borró la sonrisa.

—Ya te dije que no quería volver a verte.

—Lo sé. Pero hay algo que debes saber.

—No quiero escuchar tus excusas.

—No son excusas. Se trata de él.

Ella sintió un escalofrío.

—¿De quién?

—Del hombre con el que estás saliendo.

Durante unos segundos no pudo responder.

—No vuelvas a meterte en mi vida —dijo finalmente.

—Pregúntale por qué dejó su ciudad hace tres años. Pregúntale qué ocurrió con la mujer con la que iba a casarse.

El silencio se hizo insoportable.

—Estás mintiendo.

—Ojalá pudiera decirte que sí.

La llamada terminó.

Ella permaneció inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja.

De pronto, aquel pasado que tanto daño le había hecho parecía haber encontrado una nueva forma de perseguirla.

Y esta vez tenía un nombre.

El hombre del que se estaba enamorando.


A las siete de la tarde llegó a la taberna.

Él ya estaba allí, sentado junto a la ventana, con dos cafés sobre la mesa.

Al verla, se levantó para recibirla.

—Por fin. Empezaba a pensar que me habías dado plantón.

Ella intentó sonreír.

—He tenido un día complicado.

Él le apartó la silla.

—Siéntate. Cuéntame.

Ella lo observó mientras él se sentaba frente a ella.

Quería preguntarle.

Quería saber si aquello que había escuchado era cierto.

Pero tenía miedo de la respuesta.

—¿Te ha pasado alguna vez que alguien te cuente algo y ya no puedas mirar a otra persona de la misma manera? —preguntó.

Él dejó la taza sobre el plato.

—Sí.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté averiguar si era verdad antes de sacar conclusiones.

Ella bajó los ojos.

Aquella respuesta le dolió más de lo que esperaba, porque significaba que él entendía perfectamente lo que estaba sintiendo.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que quieras.

Respiró profundamente.

—¿Por qué te fuiste de tu ciudad hace tres años?

Él dejó de sonreír.

No fue un cambio exagerado. No levantó la voz ni se puso nervioso de repente.

Simplemente, su mirada se volvió distinta.

Como si alguien hubiera abierto una puerta que llevaba mucho tiempo intentando mantener cerrada.

—¿Quién te ha hablado de eso?

Ella sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Entonces es verdad.

Él se pasó una mano por la cara.

—Sí. Es verdad.

Ella tragó saliva.

—¿Y la mujer con la que ibas a casarte?

Él cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a mirarla, tenía una expresión que ella nunca le había visto.

Tristeza.

—Se llamaba Laura.

Ella no dijo nada.

—La quería —continuó él—. O, al menos, eso creía. Íbamos a casarnos cuando descubrí que llevaba meses mintiéndome. Había otra persona. Alguien a quien yo consideraba mi amigo.

Ella sintió una punzada de compasión, pero todavía necesitaba entender.

—¿Y por eso te marchaste?

—Me marché porque todo lo que conocía me recordaba a ellos. Necesitaba empezar de nuevo. No quería seguir siendo el hombre en el que me había convertido después de aquello.

—¿Por qué nunca me lo habías contado?

Él bajó la mirada.

—Porque contigo quería empezar desde cero. No quería que me conocieras por mis heridas.

Ella guardó silencio.

Por primera vez comprendió que ambos se parecían mucho más de lo que imaginaba.

Los dos habían llegado a aquella taberna intentando dejar atrás algo que todavía les dolía.

—¿Sigues enamorado de ella? —preguntó finalmente.

Él la miró con firmeza.

—No. Pero todavía recuerdo lo que me hizo sentir. Y eso no es lo mismo.

Ella sintió que algo dentro de su pecho se aflojaba.

Él extendió la mano sobre la mesa.

—No te voy a pedir que confíes en mí porque te lo diga. Quiero que me conozcas y que decidas por ti misma.

Ella entrelazó sus dedos con los de él.

—Eso es precisamente lo que quiero hacer.

Por primera vez aquella tarde, él volvió a sonreír.

Pero entonces ella recordó la última frase de la llamada.

Había algo más.

Algo que no le habían contado.

—¿Y si te dijera que esa persona de tu pasado sabe dónde estás?

La sonrisa de él desapareció.

—¿Qué quieres decir?

Ella le contó la llamada, palabra por palabra.

Cuando terminó, él permaneció inmóvil.

—¿Te dijo quién era?

—No.

Él miró hacia la ventana.

Durante unos segundos pareció estar muy lejos de aquella mesa, de aquella taberna y de la mujer que tenía delante.

—Creo que sé quién ha sido.

—¿Quién?

Él tardó en responder.

—Daniel. El hombre que iba a ser mi padrino de boda.

Ella sintió que la historia acababa de complicarse de una manera que ninguno de los dos había previsto.

—¿Y por qué querría meterse en nuestra vida?

Él apretó suavemente su mano.

—Porque Daniel no soporta perder.

En aquel momento, la puerta de la taberna se abrió.

Una corriente de aire frío recorrió la sala.

El camarero levantó la vista.

Él también.

Y se quedó completamente pálido.

En la entrada había un hombre de traje oscuro, con el pelo ligeramente canoso y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Daniel.

El hombre caminó tranquilamente hacia su mesa.

—Cuánto tiempo, amigo mío.

Él se levantó despacio.

—¿Qué haces aquí?

Daniel miró a la mujer y después volvió a mirarlo a él.

—He venido a devolverte algo que te pertenece.

Sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa.

Ella observó el sobre.

No tenía remitente.

Solo un nombre escrito a mano.

Laura.

Él palideció.

Daniel sonrió.

—Creo que ha llegado el momento de que conozcas toda la verdad.

Y antes de que pudiera abrirlo, Daniel añadió en voz baja:

—Porque hay algo de aquella boda que nunca llegaste a descubrir.

Continuará…

Por admin

Deja una respuesta