EL BESO QUE QUEDÓ EN LA TABERNA
Dicen que hay lugares donde el tiempo se detiene.
Lugares donde una mirada puede durar una eternidad, donde una canción puede despertar un recuerdo dormido y donde un beso puede convertirse en una historia que nadie consigue olvidar.
Uno de esos lugares era una pequeña taberna escondida entre las calles empedradas de una antigua villa.
La llamaban La Taberna del Beso.
Cada noche, cuando las velas comenzaban a iluminar sus mesas de madera y la música llenaba lentamente el salón, los viajeros llegaban buscando vino, compañía o simplemente un lugar donde olvidar por unas horas las tristezas del camino.
Pero aquella noche ocurrió algo diferente.
La puerta se abrió y entró una joven envuelta en una capa azul oscuro.
Se llamaba Elena.
Había viajado durante días siguiendo una carta que había recibido muchos años atrás. Una carta que nunca llegó a comprender del todo y que solamente contenía una frase:
«Si algún día quieres saber qué ocurrió aquella noche, vuelve a la taberna donde nos despedimos.»
Elena había guardado aquellas palabras durante diez años.
Diez años preguntándose si aquel muchacho que conoció siendo apenas una niña había cumplido su promesa.
Caminó hasta la barra y pidió una copa de vino.
—¿Esperas a alguien? —preguntó el tabernero.
Elena sonrió.
—No lo sé.
El hombre la miró sorprendido.
—Entonces quizá esperas un recuerdo.
Ella bajó los ojos.
—Quizá.
En ese instante comenzó a sonar una vieja melodía.
Elena levantó la cabeza.
La conocía.
Era la canción que él había tocado aquella noche, diez años atrás.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Y entonces escuchó una voz detrás de ella.
—Pensé que nunca volverías.
Elena se quedó inmóvil.
No necesitó darse la vuelta.
Había reconocido aquella voz antes incluso de escuchar su nombre.
—Y yo pensé que tú nunca esperarías —respondió.
Cuando finalmente se miraron, diez años desaparecieron en un instante.
Él había cambiado.
Ella también.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Los ojos que una vez se habían prometido volver a encontrarse.
—Te esperé —dijo él.
—¿Durante diez años?
—Todos los días.
Elena sonrió mientras una lágrima recorría lentamente su mejilla.
—Entonces has sido un hombre muy paciente.
Él se acercó.
—No. Simplemente estaba enamorado.
La taberna quedó en silencio.
Incluso la música pareció detenerse.
Él tomó su mano.
—Aquella noche tuve que marcharme. Mi familia me obligó a partir. No pude despedirme como quería.
—Lo sé.
—¿Cómo?
Elena sacó de entre sus ropas una pequeña carta.
—Porque encontré esto.
Él la reconoció inmediatamente.
Era la carta que había escrito diez años atrás.
La que nunca llegó a entregar.
Se miraron.
Y comprendieron que algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
A veces simplemente esperan.
Esperan una canción.
Una noche.
Una taberna.
Y el momento adecuado.
Él acarició suavemente su rostro.
—¿Todavía recuerdas aquel beso?
Elena sonrió.
—Nunca lo olvidé.
Entonces se acercó a él.
Y esta vez no hubo despedida.
Solo un beso.
Lento.
Cálido.
De esos que parecen detener el mundo durante unos segundos.
Cuando se separaron, el tabernero volvió a llenar las copas.
—Por fin —murmuró.
Elena lo miró divertida.
—¿Por fin qué?
El anciano sonrió.
—Por fin esta taberna puede guardar un secreto menos.
Desde aquella noche, cuentan que cada vez que suena aquella vieja melodía en La Taberna del Beso, dos copas aparecen sobre la misma mesa.
Una para él.
Otra para ella.
Y si alguna vez entras allí cuando la noche está tranquila, quizá escuches al tabernero decir:
«Hay amores que necesitan años para encontrarse, pero solo un instante para reconocerse.»
Porque algunos besos no son despedidas.
Algunos besos son promesas.
Y hay promesas que ni siquiera el tiempo consigue romper.