CAPÍTULO 4
EL DÍA QUE CAMBIÓ TODO
Al día siguiente, él despertó con una sonrisa.
No sabía exactamente por qué.
Bueno, sí lo sabía.
Ella.
Desde que había aparecido en su vida, las mañanas parecían diferentes. Incluso las cosas más pequeñas tenían otro significado.
Mientras desayunaba, miró el teléfono.
No había ningún mensaje.
Intentó convencerse de que no importaba.
Pero volvió a mirar la pantalla cinco minutos después.
Nada.
—No seas tonto —se dijo—. Apenas la conoces.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Volvió a cogerlo.
Entonces llegó el mensaje.
“Buenos días. ¿Sigues pensando en mí?”
Él sonrió.
Tardó unos segundos en responder.
“Desde ayer.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Entonces nos vemos esta tarde.”
No necesitaba preguntar dónde.
Los dos sabían dónde.
La taberna.
Aquella tarde llegó antes de lo habitual.
Se sentó junto a la ventana y pidió un café.
Miró la puerta.
Una vez.
Dos.
Tres.
Hasta que finalmente ella apareció.
Pero aquella vez había algo diferente en su rostro.
No estaba sonriendo.
Se acercó lentamente a la mesa.
—Hola.
—Hola.
Ella dejó el bolso sobre la silla.
—Necesito contarte algo.
Él sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Ha pasado algo?
Ella negó con la cabeza.
—No exactamente.
Se sentó frente a él.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
—Hay algo que no te he contado.
Él esperó.
—Antes de conocerte estaba convencida de que no quería volver a enamorarme.
Él bajó la mirada.
—¿Y ahora?
Ella respiró profundamente.
—Ahora estoy empezando a tener miedo de que cambies de opinión por mí.
Él levantó los ojos.
—No quiero que cambies por mí.
Ella lo miró sorprendida.
—Entonces, ¿qué quieres?
Él tomó su mano.
—Quiero conocerte. Con tus cosas buenas y con tus cosas malas. Con tus miedos, tus dudas y tus días difíciles.
Ella permaneció en silencio.
Una lágrima recorrió lentamente su mejilla.
Él se preocupó.
—¿He dicho algo malo?
Ella negó con la cabeza y sonrió.
—No. Has dicho exactamente lo que necesitaba escuchar.
Por primera vez, ella fue quien acercó su mano a la suya.
Sus dedos se entrelazaron.
La taberna seguía llena de gente, pero para ellos parecía que el mundo se había detenido.
—Tengo una propuesta —dijo ella.
—¿Cuál?
—Hoy no quiero quedarme aquí.
—¿Dónde quieres ir?
Ella sonrió.
—A cualquier sitio.
Salieron de la taberna sin saber exactamente hacia dónde caminar.
Recorrieron calles desconocidas, entraron en una pequeña librería y terminaron tomando chocolate caliente en una cafetería escondida detrás de una plaza.
Hablaron de sus sueños.
De los viajes que querían hacer.
De las canciones que les recordaban momentos de su vida.
Y también de aquellas cosas que nunca habían contado a nadie.
Cuando cayó la noche, llegaron hasta un pequeño puente sobre el río.
Ella se apoyó en la barandilla.
—¿Sabes qué pienso?
—¿Qué?
—Que quizá las personas no aparecen en nuestra vida por casualidad.
Él se acercó.
—¿Y por qué aparecen?
Ella lo miró directamente a los ojos.
—Para enseñarnos algo.
—¿Y yo qué tengo que enseñarte?
Ella sonrió.
—Todavía no lo sé.
Él dio un pequeño paso hacia ella.
—Entonces tendremos que seguir viéndonos.
—Supongo que sí.
Se quedaron frente a frente.
Esta vez ninguno apartó la mirada.
Ella sonrió.
Él levantó lentamente una mano y apartó un mechón de pelo de su rostro.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Y entonces ocurrió.
El primer beso.
Fue suave.
Sin prisas.
Casi tímido.
Pero cuando sus labios se separaron, ambos supieron que aquel momento cambiaría la historia para siempre.
Ella apoyó la frente contra la suya.
—Creo que ya sé qué tenía que enseñarme.
Él sonrió.
—¿Qué?
—Que todavía podía volver a sentir.
Él la abrazó.
Y mientras las luces de la ciudad se reflejaban sobre el agua, ninguno de los dos imaginaba que aquel beso sería solamente el principio.
Porque el amor, cuando llega después de haber sufrido, no siempre entra haciendo ruido.
A veces llega despacio.
Casi en silencio.
Y cuando finalmente nos damos cuenta de que está ahí…
ya nos ha cambiado la vida.