CAPÍTULO 3
ENTRE SILENCIOS Y VERDADES
La lluvia había dado paso a una noche despejada.
Después de su encuentro en la taberna, él la esperaba a la salida, tal como habían quedado.
Cuando ella apareció, llevaba una pequeña sonrisa en los labios.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
Él se encogió de hombros.
—A un lugar donde se escuchan mejor las historias.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Y dónde está ese lugar?
—Ven conmigo.
Caminaron juntos por unas calles tranquilas. Las luces de los escaparates iluminaban el camino mientras una suave brisa movía las hojas de los árboles.
No tenían prisa.
Por primera vez, ninguno de los dos parecía preocupado por el reloj.
Llegaron hasta un pequeño mirador desde el que se podía contemplar toda la ciudad.
Las luces brillaban a lo lejos como pequeñas estrellas.
Se sentaron sobre un banco de piedra, uno junto al otro.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
Pero no era un silencio incómodo.
Era de esos silencios que no necesitan palabras.
Ella respiró profundamente.
—Es bonito.
Él miró el paisaje.
—Sí.
Ella volvió la cabeza hacia él.
—Pero lo es más cuando se comparte.
Él sonrió.
—Eso también es verdad.
Ella bajó la mirada.
Había algo en aquella noche que la hacía sentirse diferente.
Más tranquila.
Más segura.
Quizá demasiado segura.
Y precisamente por eso decidió hablar.
—Tengo miedo.
Él la miró.
—¿De qué?
Ella tardó unos segundos en responder.
—De volver a equivocarme.
Él no dijo nada.
Simplemente tomó su mano.
—Yo también tengo miedo —confesó.
Ella levantó la mirada.
—¿Tú?
—Claro. No soy tan valiente como parezco.
Ella sonrió.
—No pareces valiente.
Él soltó una carcajada.
—Gracias.
—Pareces alguien que intenta hacerse el valiente.
—Eso sí.
Los dos rieron.
Y aquel momento consiguió romper la tensión que había quedado entre ellos.
Ella apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro.
Él permaneció quieto.
No quería estropear aquel instante.
—¿Sabes qué me gusta de ti? —susurró ella.
—¿El qué?
—Que contigo puedo estar tranquila.
Él sintió que aquellas palabras le llegaban mucho más adentro de lo que esperaba.
—Eso es porque contigo todo parece más sencillo.
Ella cerró los ojos.
Durante unos minutos permanecieron así, contemplando las luces de la ciudad.
No hubo grandes promesas.
No hubo declaraciones de amor.
Ni siquiera hubo un beso.
Solo dos personas que habían decidido dejar de pensar tanto y comenzar a sentir.
Cuando llegó el momento de despedirse, ella se puso de pie.
Él también.
Se quedaron frente a frente.
Ella sonrió.
Después se acercó lentamente y le dio un pequeño beso en la mejilla.
Fue breve.
Suave.
Pero suficiente para dejarlo sin palabras.
Ella dio un paso atrás.
—Buenas noches.
Él sonrió.
—Buenas noches.
Ella comenzó a caminar.
Pero antes de alejarse demasiado, se volvió.
—¿Mañana?
Él la miró.
—Mañana.
Ella sonrió y continuó su camino.
Él permaneció allí unos segundos, observándola alejarse.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía respuestas.
No sabía qué iba a pasar.
No sabía cuánto duraría aquello.
Pero sí sabía una cosa.
Quería descubrirlo.
Y mientras regresaba a casa, comprendió que algunas historias de amor no empiezan con un beso.
Empiezan mucho antes.
Con una mirada.
Con una conversación.
Con una mano que busca otra.
Y con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a necesitar verse al día siguiente.
Quizá el amor todavía no había llegado.
Pero estaba muy cerca.
Y ambos podían sentirlo.