Capítulo 1
Cuando el corazón recuerda
Aquella tarde llovía despacio.
No era una de esas lluvias que obligan a correr buscando refugio. Era una lluvia tranquila, casi tímida, de esas que parecen caer sobre las calles solamente para hacer compañía a quien camina solo.
Él entró en aquella pequeña taberna buscando un café.
O eso quiso creer.
Se sentó junto a la ventana y dejó el abrigo sobre la silla. Afuera, las luces de la calle comenzaban a encenderse mientras las gotas dibujaban pequeños caminos sobre el cristal.
Entonces la vio.
Estaba al otro lado de la sala, sentada sola, con un libro entre las manos.
No sabía quién era.
Pero había algo en ella que le resultaba extrañamente familiar.
Quizá era su manera de sonreír mientras leía. Quizá la forma en que apartaba un mechón de pelo de su rostro. O quizá simplemente era esa sensación inexplicable que aparece algunas veces cuando conocemos a alguien por primera vez y nuestro corazón, sin pedir permiso, parece reconocerlo.
El camarero dejó el café sobre la mesa.
—¿Algo más?
Él miró hacia ella.
—Sí… valor.
El camarero sonrió.
—Eso no lo tenemos en la carta.
—Ya me lo imaginaba.
Pasaron unos minutos.
Finalmente se levantó.
Caminó hasta su mesa intentando aparentar una seguridad que no sentía.
—Perdona —dijo.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Él señaló el libro.
—¿Es bueno?
Ella miró la portada y después volvió a mirarlo.
—Todavía no lo sé. Estoy esperando a que llegue la parte que me haga creer en el amor.
Él sonrió.
—Entonces quizá deberías cambiar de libro.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—¿Y tú tienes alguno mejor?
—No.
—Entonces estamos igual.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Y fue precisamente en aquel silencio cuando ocurrió algo.
No fue un beso.
No fue una declaración.
Ni siquiera fue una caricia.
Fue una mirada.
Una de esas miradas que duran apenas unos segundos, pero que consiguen decir cosas que las palabras tardarían años en explicar.
Él se sentó frente a ella.
Hablaron durante horas.
De libros, de canciones, de viajes que nunca habían hecho y de lugares a los que algún día querían ir.
También hablaron de sus heridas.
Porque el amor no siempre comienza cuando dos personas están preparadas para amar.
A veces comienza cuando dos personas cansadas de equivocarse encuentran a alguien con quien, por primera vez, no necesitan fingir.
Cuando la taberna estaba a punto de cerrar, ella cerró el libro.
—Tengo que irme.
Él asintió.
—Claro.
Ella se levantó, tomó su abrigo y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se giró.
—¿Volverás mañana?
Él la miró sorprendido.
—¿Estarás aquí?
Ella sonrió.
—Quizá.
Y se marchó.
Él permaneció unos segundos mirando la puerta cerrada.
Después sonrió.
Había entrado allí buscando un café.
Y había encontrado algo mucho más peligroso.
Esperanza.
Porque algunas historias de amor no comienzan con un beso.
Comienzan con una mirada…
y con dos personas que todavía no saben que están a punto de cambiarse la vida.