Capítulo 2

¿Volverás mañana?

Aquella noche le costó dormir.

No dejaba de pensar en aquella mujer.

En su sonrisa.

En sus ojos.

Y, sobre todo, en aquella pregunta que había pronunciado antes de marcharse:

—¿Volverás mañana?

Era una pregunta sencilla.

Pero para él significaba mucho más.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que alguien había despertado en él aquella sensación. Esa mezcla de ilusión, nervios y miedo que aparece cuando algo empieza a importarnos antes incluso de saber qué es.

Al día siguiente intentó convencerse de que no tenía ninguna razón para volver a la taberna.

Se lo repitió mientras desayunaba.

Se lo volvió a repetir mientras trabajaba.

Y volvió a decírselo a sí mismo cuando, al terminar la jornada, miró el reloj.

Pero a las siete menos cuarto ya estaba caminando hacia allí.

La tarde había dejado paso a una noche tranquila. El cielo estaba despejado y las calles comenzaban a llenarse de luces.

Cuando llegó frente a la taberna se quedó unos segundos parado.

Miró a través del cristal.

Y entonces la vio.

Estaba allí.

Sentada en la misma mesa.

Con el mismo libro.

Pero esta vez no estaba leyendo.

Lo estaba esperando.

Él entró.

Ella levantó la mirada.

Durante un instante ninguno dijo nada.

Después ella sonrió.

—Pensé que no vendrías.

Él dejó el abrigo en la silla.

—Yo también.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

Él se sentó frente a ella.

—Una pregunta.

—¿Cuál?

—La que me hiciste ayer.

Ella bajó la mirada, intentando esconder una sonrisa.

—Entonces supongo que fue una buena pregunta.

—Mucho.

El camarero se acercó.

—¿Lo de siempre?

Él miró a la mujer.

Ella respondió:

—Para los dos.

Aquellas tres palabras hicieron que él sonriera.

La conversación volvió a surgir con naturalidad.

Hablaron de sus vidas, de los errores que habían cometido y de aquellas cosas que nunca habían contado a nadie.

Ella le confesó que había aprendido a desconfiar del amor.

Él le confesó que había aprendido a esconder lo que sentía.

—Quizá por eso estamos aquí —dijo ella.

—¿Dónde?

Ella lo miró directamente a los ojos.

—Los dos aquí.

Él no respondió.

No hacía falta.

Fuera comenzó a llover.

Las gotas golpeaban suavemente los cristales mientras dentro de la taberna sonaba una canción antigua.

Ella cerró el libro.

—¿Sabes qué es lo peor de conocer a alguien?

—¿Qué?

—Que nunca sabes si será una persona que pasará por tu vida… o alguien que se quedará en ella.

Él sostuvo su mirada.

—¿Y tú qué crees?

Ella sonrió.

—Todavía no lo sé.

Se hizo silencio.

Él acercó lentamente su mano sobre la mesa.

Ella no la retiró.

Sus dedos se encontraron.

Fue apenas un roce.

Pero ninguno de los dos quiso apartarse.

A veces el amor no llega de golpe.

A veces se acerca despacio.

Se sienta frente a nosotros.

Nos mira.

Nos hace sonreír.

Y espera pacientemente a que tengamos el valor de reconocerlo.

Aquella noche, cuando salieron de la taberna, seguía lloviendo.

Él abrió el paraguas.

Ella se acercó.

Caminaron juntos por la calle.

Sin prisa.

Sin saber adónde iban.

Pero sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos quería llegar demasiado pronto.

Y antes de despedirse, ella volvió a mirarlo.

—¿Mañana?

Él sonrió.

—Mañana.

Y esta vez ninguno de los dos tuvo dudas.

Por admin

Deja una respuesta