El reloj de la plaza acababa de dar las nueve de la noche cuando la lluvia empezó a dibujar líneas plateadas sobre los adoquines. Para la mayoría, la tormenta arruinaría sus planes; para ellos, fue el inicio de todo.
Ella empujó la puerta de madera antigua buscando refugio del frío. Al cruzar el umbral de La Taberna del Beso, el rugido de la tormenta se transformó de inmediato en un murmullo acogedor de risas lejanas, el tintineo de copas de vino y una melodía suave de guitarra que parecía abrazar el lugar. El olor a canela, madera noble y velas encendidas envolvía el ambiente con una calidez casi mágica.
Se sentó en una mesa rincón, cerca de la ventana que miraba a la calle mojada. Mientras esperaba que el camarero se acercara, se fijó en la tenue luz de las velas que bailaban sobre el mantel. Fue en ese instante cuando la puerta volvió a abrirse.
Él entró sacudiéndose las gotas de agua del abrigo. Su mirada barrió el lugar, buscando un espacio libre en una noche donde todos buscaban calor. Y entonces, sus ojos se encontraron con los de ella. No hubo palabras, pero en esa fracción de segundo, el bullicio de la taberna pareció apagarse por completo.
Con una sonrisa tímida, él se acercó a su mesa.
—¿Está ocupado? —preguntó, con una voz que competía en suavidad con la música de fondo.
—Ahora ya no —respondió ella, invitándolo a sentarse con un gesto.
—¿Está ocupado? —preguntó, con una voz que competía en suavidad con la música de fondo.
—Ahora ya no —respondió ella, invitándolo a sentarse con un gesto.
La noche transcurrió entre dos copas de un vino tinto intenso y una conversación que fluyó con la naturalidad de quienes se conocen de toda la vida. Descubrieron que compartían los mismos libros olvidados, el mismo amor por los viajes sin rumbo y la extraña costumbre de mirar al cielo cuando buscan respuestas. Cada risa compartida acortaba la distancia física y emocional entre los dos.
Las horas se deslizaron sin prisa pero sin pausa. Cuando la taberna comenzó a vaciarse y las luces se atenuaron aún más, el camarero dejó sobre la mesa la cuenta junto a dos pequeños bombones de cortesía en forma de labios.
Al salir a la calle, la lluvia ya había cesado, dejando el aire limpio y las calles reflejando la Luna. Se detuvieron bajo el gran farol de la entrada, justo donde el letrero de hierro forjado de la taberna se mecía con la brisa.
—Gracias por salvarme de la tormenta —dijo él, dándose la vuelta para mirarla de frente.
—Gracias a ti por hacer que deseara que no parara de llover —contestó ella con el corazón latiéndole aprisa.
—Gracias a ti por hacer que deseara que no parara de llover —contestó ella con el corazón latiéndole aprisa.
Él dio un paso hacia delante, acortando el último espacio que los separaba. Le apartó un mechón de pelo húmedo de la frente y, con una lentitud que congeló el tiempo, se inclinó para sellar la noche. Fue un beso suave, con sabor al vino compartido y a la promesa de un nuevo comienzo. Un beso que hacía honor al nombre del lugar que los había unido.
Dicen que en La Taberna del Beso las almas no se cruzan por casualidad. Esa noche, dos desconocidos entraron huyendo de la lluvia y salieron caminando juntos bajo el mismo cielo estrellado.