Donde terminan los caminos

Dicen que algunas personas llegan a nuestra vida por casualidad.

Yo nunca creí demasiado en las casualidades.

Hasta aquella tarde.

La lluvia había comenzado a caer suavemente sobre las calles, dejando pequeños espejos de agua bajo las luces de las farolas. Caminaba sin rumbo, con las manos en los bolsillos y la sensación de que algo me faltaba, aunque no sabía exactamente qué.

Entonces la vi.

Estaba sentada junto a la ventana de una pequeña cafetería. Tenía un libro entre las manos, pero hacía rato que había dejado de leer. Miraba la lluvia con una sonrisa tímida, como si estuviera esperando que alguien apareciera al otro lado del cristal.

Nuestros ojos se encontraron.

Solo fueron unos segundos.

Pero hay miradas que duran mucho más que una vida.

Ella sonrió.

Y yo, sin saber por qué, entré en aquella cafetería.

—¿Está ocupado? —pregunté señalando la silla frente a ella.

Negó con la cabeza.

—Ahora ya no.

Me senté.

Durante unos instantes ninguno dijo nada. Solo escuchábamos el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

—¿Te gusta la lluvia? —pregunté.

Ella cerró el libro y respondió:

—Me gusta lo que consigue que la gente haga.

—¿Qué consigue?

—Que se detenga.

Aquella respuesta se quedó conmigo.

Hablamos durante horas.

De libros, de canciones, de lugares que queríamos conocer y de aquellos que ya habíamos visitado. Hablamos de nuestros sueños y también de nuestros miedos.

Cuando la cafetería estaba a punto de cerrar, descubrimos que llevábamos toda la tarde allí.

—Creo que deberíamos volver a vernos —dije, intentando disimular los nervios.

Ella sonrió.

—Creo que llevas razón.

Nos despedimos bajo la lluvia.

No hubo un beso.

Ni siquiera un abrazo.

Solo una mirada y una promesa silenciosa de volver a encontrarnos.

Y nos encontramos.

Al día siguiente.

Y al siguiente.

Y después de muchos días dejamos de contar cuánto tiempo llevábamos juntos.

Porque el amor no siempre llega acompañado de fuegos artificiales.

A veces llega despacio.

Se sienta frente a nosotros.

Nos pregunta cómo estamos.

Escucha nuestras historias.

Se ríe de nuestras tonterías.

Y, sin darnos cuenta, empieza a convertirse en nuestro lugar favorito.

Pasaron los años.

Aquella cafetería se convirtió en nuestro refugio. La misma mesa junto a la ventana, las mismas canciones sonando de fondo y dos cafés que siempre terminaban enfriándose porque preferíamos hablar antes que beberlos.

Una tarde de otoño, mientras la lluvia volvía a cubrir las calles, ella tomó mi mano.

—¿Sabes qué estaba pensando el día que te conocí?

—¿Qué?

—Que eras un desconocido.

Sonreí.

—Y ahora…

Me miró a los ojos.

—Ahora eres mi casa.

No supe qué responder.

Solo acerqué mi frente a la suya y cerré los ojos.

Porque algunas historias de amor no necesitan grandes palabras.

Solo necesitan dos personas que, después de haberse buscado durante tanto tiempo sin saberlo, finalmente se encuentran.

Y comprendí que quizá las casualidades sí existen.

Quizá algunas personas están destinadas a cruzarse en nuestro camino.

Quizá algunos encuentros estaban escritos mucho antes de que sucedieran.

Pero también comprendí algo más:

No importa dónde comienzan los caminos.

Lo verdaderamente importante es encontrar a alguien con quien quieras recorrerlos todos.

Hasta el final.

Y si algún día me preguntan dónde encontré el amor de mi vida, no hablaré de ciudades, fechas ni lugares.

Solo diré:

—Una tarde de lluvia, junto a una ventana, cuando dos desconocidos se miraron y decidieron no volver a serlo.

Porque a veces el amor no llama a nuestra puerta.

A veces simplemente se sienta frente a nosotros y sonríe.

Por admin

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